Versículo clave:
«Hazme oír por la mañana tu misericordia, porque en ti he confiado; hazme saber el camino por donde ande, porque a ti he elevado mi alma.»
Salmo 143:8, RVR1960
INTRODUCCIÓN
Cada mañana comienza de la misma manera: el mundo vuelve a llenarse de luz, las actividades empiezan de nuevo y delante de cada persona aparece un día que todavía no ha sido escrito. Sin embargo, no todas las personas despiertan sintiendo que realmente están comenzando otra vez.
Hay quienes abren los ojos y, antes de levantarse de la cama, ya están recordando los problemas de ayer. Piensan en aquella conversación que salió mal, en la deuda que sigue pendiente, en la enfermedad que todavía preocupa, en la persona que los lastimó, en una decisión que deben tomar o en una situación que parece no tener salida.
El cuerpo despertó, pero la mente continúa atrapada en el día anterior.
David conocía esa sensación.
Cuando se llega al Salmo 143, no se encuentra a un hombre escribiendo desde la comodidad. Se encuentra a un hombre angustiado. Habla de un enemigo que persigue su alma, de sentirse abatido y de un espíritu que desfallece dentro de él.
Pero en medio de esa oscuridad aparece una oración extraordinaria:
«Hazme oír por la mañana tu misericordia».
David no está pidiendo simplemente que llegue la mañana. Está pidiendo que, cuando llegue, lo primero que alcance su corazón sea la misericordia de Dios.
Ese detalle cambia completamente el sentido del nuevo día.
La esperanza del creyente no consiste solamente en que el calendario avance. Un nuevo día por sí solo no resuelve las heridas, no borra las consecuencias de una mala decisión y no hace desaparecer automáticamente los problemas.
La verdadera esperanza está en que el Dios que estuvo presente ayer sigue siendo misericordioso hoy.
Por eso, antes de preguntar: «¿Qué tengo que hacer hoy?», existe una pregunta todavía más importante:
«Señor, ¿qué quieres que escuche de ti hoy?»
Salmo 143:8 muestra que una de las primeras verdades que Dios quiere colocar en el corazón de sus hijos cada mañana es esta:
Su misericordia todavía está disponible.
Tal vez ayer hubo lágrimas.
Tal vez ayer hubo fracaso.
Tal vez ayer hubo pecado que confesar.
Tal vez ayer llegó una noticia que cambió los planes.
Tal vez ayer terminó algo que se pensaba que duraría mucho tiempo.
Pero mientras haya un nuevo amanecer, el creyente puede volver a levantar el alma hacia Dios y decir:
«Hazme oír por la mañana tu misericordia».
CONTEXTO HISTÓRICO Y ESPIRITUAL DE SALMO 143
El encabezado del Salmo 143 lo identifica como un salmo de David. Sin embargo, el texto no especifica con certeza qué episodio de su vida dio origen a esta oración.
Eso es importante porque no necesitamos inventar una situación para comprender el sufrimiento de David. El mismo salmo describe claramente lo que estaba viviendo.
David comienza diciendo:
«Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia» (Salmo 143:1).
Después hace una petición profundamente humilde:
«Y no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano» (versículo 2).
David reconoce algo fundamental: delante de Dios no puede presentarse como un hombre que merece ser escuchado por su propia justicia.
Necesita gracia.
Necesita perdón.
Necesita la misericordia de Dios.
Después explica la intensidad de su crisis:
«Porque ha perseguido el enemigo mi alma; ha postrado en tierra mi vida; me ha hecho habitar en tinieblas como los ya muertos» (versículo 3).
Y enseguida agrega:
«Y mi espíritu se angustió dentro de mí; está desolado mi corazón» (versículo 4).
Estas no son palabras superficiales.
David está describiendo un corazón agotado.
Pero algo sucede mientras ora.
En el versículo 5 comienza a recordar:
«Me acordé de los días antiguos; meditaba en todas tus obras; reflexionaba en las obras de tus manos».
Cuando David no entiende lo que Dios está haciendo en el presente, recuerda lo que Dios hizo en el pasado.
Entonces extiende sus manos hacia el Señor y dice:
«Mi alma a ti como la tierra sedienta» (versículo 6).
Su necesidad es tan profunda como la tierra seca que espera desesperadamente la lluvia.
Y precisamente en ese contexto aparece Salmo 143:8:
«Hazme oír por la mañana tu misericordia».
Ahora el versículo adquiere una profundidad diferente.
No es simplemente una bonita frase para comenzar el día.
Es la oración de alguien que está diciendo:
«Señor, estoy cansado. Estoy confundido. Estoy herido. No sé exactamente qué hacer. Pero antes de enfrentar otro día necesito recordar quién eres tú».
Y entonces David presenta dos necesidades:
Necesito escuchar tu misericordia.
Y:
Necesito conocer tu camino.
Es decir, necesita consuelo y dirección.
Eso hace que Salmo 143:8 sea una oración extraordinariamente actual.
Porque nosotros también necesitamos ambas cosas.
Necesitamos saber que Dios todavía nos ama.
Pero también necesitamos saber cómo vivir hoy.
1. CADA MAÑANA NECESITAMOS ESCUCHAR ANTES DE ACTUAR
David comienza diciendo:
«Hazme oír por la mañana…»
Resulta interesante que su primera petición no sea: «Hazme hacer».
Es:
«Hazme oír».
Antes de correr, escuchar.
Antes de decidir, escuchar.
Antes de responder mensajes, escuchar.
Antes de enfrentar problemas, escuchar.
Antes de permitir que todas las voces del mundo entren en nuestra mente, escuchar la voz de Dios.
Uno de los grandes peligros de nuestra época es que muchas personas comienzan el día llenando inmediatamente su mente de información.
Abren los ojos y miran las notificaciones.
Revisan redes sociales.
Leen noticias.
Recuerdan compromisos.
Piensan en pendientes.
Y en pocos minutos el corazón ya está lleno de voces.
Pero David presenta un orden diferente.
Primero Dios.
Después el día.
Cuando la voz de Dios ocupa el primer lugar, las demás voces encuentran su posición correcta.
Esto no significa que levantarse temprano o realizar un devocional sea una fórmula automática que garantizará un día sin dificultades. Tampoco significa que Dios solamente pueda encontrarse durante la mañana.
Dios puede escucharnos en cualquier momento.
Sin embargo, existe un principio espiritual poderoso: antes de entregar nuestra atención al mundo, podemos entregar nuestro corazón a Dios.
Jesús mismo mostró la importancia de buscar comunión con el Padre. Marcos 1:35 declara que se levantó muy de mañana y fue a un lugar desierto para orar.
Si Jesús consideraba importante apartar momentos para estar con su Padre, cuánto más necesitamos nosotros aprender a comenzar el día dependiendo de Dios.
Elena G. de White escribió:
«Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo».
El Camino a Cristo, p. 70.
No se trata simplemente de cumplir una rutina religiosa.
La verdadera consagración matutina significa decir:
«Señor, este día no me pertenece solamente a mí. Mis palabras, decisiones, planes, relaciones y oportunidades quiero colocarlos en tus manos».
Cada mañana representa una nueva oportunidad para establecer nuevamente esa prioridad.
La misericordia de Dios puede convertirse en la primera verdad que escuche el corazón.
No el miedo.
No la preocupación.
No los errores de ayer.
No las opiniones de los demás.
Primero, Dios.
2. LA MISERICORDIA DE DIOS SIGNIFICA QUE EL AYER NO TIENE QUE GOBERNAR EL HOY
David no pide simplemente escuchar una palabra bonita.
Dice:
«Hazme oír por la mañana tu misericordia».
La palabra misericordia habla del amor fiel de Dios, de su compasión y de su disposición a tratar con gracia a quienes se acercan a Él.
David sabía que necesitaba esa misericordia.
El mismo salmo contiene una de las confesiones más claras de la insuficiencia humana:
«No se justificará delante de ti ningún ser humano» (Salmo 143:2).
David no está negociando con Dios sobre la base de su perfección.
Está dependiendo de la gracia divina.
Aquí se encuentra una verdad esencial del evangelio.
Nosotros tampoco comenzamos cada mañana presentando delante de Dios una lista de razones por las cuales merecemos su amor.
Nos acercamos por medio de Cristo.
Efesios 2:8 declara:
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe».
Nuestra esperanza no descansa en nuestra capacidad para tener días perfectos.
Descansa en Cristo.
Eso no convierte el pecado en algo pequeño. La gracia nunca significa que la desobediencia deje de importar. Por el contrario, cuando una persona comprende cuánto ha sido perdonada, nace en ella un deseo más profundo de vivir para Dios.
La misericordia de Dios no dice:
«No importa cómo vivas».
Dice:
«Ven a mí. Déjame perdonarte, restaurarte y enseñarte una manera diferente de vivir».
Lamentaciones 3:22-23 expresa una verdad semejante:
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana».
Eso significa que el creyente no necesita comenzar cada mañana cargando constantemente la culpa de aquello que ya confesó sinceramente delante de Dios.
Primera de Juan 1:9 afirma que si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar y limpiar.
Puede haber consecuencias que afrontar.
Puede haber relaciones que reparar.
Puede existir algo que cambiar.
Pero la culpa no necesita convertirse en nuestra identidad.
Quizá ayer no fue un buen día.
Tal vez se dijo algo que no debía decirse.
Tal vez se perdió la paciencia.
Tal vez se tomó una decisión incorrecta.
Tal vez hubo una caída espiritual.
La respuesta bíblica no consiste en esconderse de Dios.
Consiste en regresar a Él.
Por eso cada mañana puede convertirse en una declaración de fe:
«Mi fracaso de ayer no es más grande que la misericordia de Dios».
El enemigo quiere utilizar nuestro pasado para decir:
«Ya no puedes volver».
La gracia de Cristo dice:
«Levántate y camina conmigo».
La misericordia de Dios no cambia porque haya cambiado nuestro estado de ánimo.
Su carácter permanece.
Y eso significa que existe esperanza incluso después de nuestros peores días.
3. CONFIAR EN DIOS SIGNIFICA APOYAR EL CORAZÓN EN ÉL
David continúa:
«Porque en ti he confiado».
Esa frase explica por qué puede pedir misericordia.
Su confianza está puesta en Dios.
Pero confiar no significa comprender todo.
David claramente no comprendía todo lo que estaba sucediendo.
Si lo hubiera comprendido, probablemente no habría preguntado cuál era el camino por donde debía andar.
Confiar significa descansar en el carácter de Dios aun cuando todavía no vemos claramente el camino.
Hay momentos en los que resulta relativamente fácil decir que confiamos.
Cuando hay salud.
Cuando existe estabilidad.
Cuando la familia está bien.
Cuando los planes funcionan.
Cuando las oraciones parecen recibir respuestas rápidas.
La prueba de la confianza llega cuando las circunstancias dejan de ser fáciles.
¿Qué sucede cuando oramos y todavía no vemos respuesta?
¿Qué ocurre cuando una puerta se cierra?
¿Qué pasa cuando alguien que amamos atraviesa una situación que no podemos solucionar?
¿Qué sucede cuando no sabemos qué decisión tomar?
David responde:
«En ti he confiado».
No dice:
«He confiado en que todo sucederá exactamente como yo quiero».
Dice:
«En ti».
La diferencia es enorme.
Nuestra fe no está puesta en un resultado específico.
Está puesta en una Persona.
Por eso Proverbios 3:5-6 enseña:
«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas».
La confianza bíblica no consiste en cerrar los ojos ante la realidad.
Consiste en mirar la realidad sin apartar los ojos de Dios.
Elena G. de White expresó este principio de manera sencilla:
«Tu esperanza no está en ti mismo; está en Cristo».
El Camino a Cristo, p. 70.
Esta verdad libera.
Porque si nuestra esperanza dependiera exclusivamente de nuestra fuerza, inteligencia, disciplina o capacidad para anticipar el futuro, viviríamos continuamente bajo presión.
Pero la misericordia de Dios nos recuerda que existe Alguien más grande que nosotros sosteniendo nuestra vida.
Nosotros debemos tomar decisiones responsables.
Debemos trabajar.
Debemos pedir consejo cuando sea necesario.
Debemos corregir errores.
Debemos obedecer la Palabra.
Pero no tenemos que cargar con la falsa idea de que todo depende exclusivamente de nosotros.
Confiar significa poder decir cada mañana:
«Señor, todavía hay cosas que no entiendo, pero sé en quién he puesto mi confianza».
4. LA MISERICORDIA DE DIOS TAMBIÉN NOS DA DIRECCIÓN
Después de pedir misericordia, David agrega:
«Hazme saber el camino por donde ande».
Aquí aparece otra dimensión de su oración.
David no quiere solamente sentirse mejor.
Quiere caminar mejor.
Esto es fundamental.
A veces buscamos a Dios solamente para que cambie la forma en que nos sentimos, mientras Dios también quiere transformar la forma en que vivimos.
David no dice:
«Señor, elimina toda incomodidad».
Dice:
«Enséñame el camino».
La misericordia de Dios no solamente consuela al que está caído; también guía al que no sabe por dónde avanzar.
Quizá por eso necesitamos hacer esta oración antes de comenzar el día.
Porque cada jornada contiene decisiones.
Algunas parecen pequeñas.
Cómo responderemos.
Qué palabras utilizaremos.
En qué ocuparemos nuestro tiempo.
Qué pensamientos alimentaremos.
Cómo trataremos a nuestra familia.
Qué haremos cuando aparezca una tentación.
Otras decisiones pueden cambiar años de nuestra vida.
Una relación.
Un trabajo.
Un proyecto.
Una mudanza.
Una conversación difícil.
Un compromiso importante.
Ante todo eso, David enseña una oración extraordinariamente sencilla:
«Hazme saber el camino por donde ande».
No está diciendo:
«Bendice el camino que ya decidí tomar».
Está preguntando:
«¿Cuál es tu camino?».
Existe una gran diferencia.
Muchas veces hacemos planes y después pedimos que Dios los apruebe.
La oración de David coloca el orden correctamente:
Primero pregunta.
Después camina.
Isaías 30:21 dice:
«Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él».
Dios nos guía principalmente por medio de su Palabra.
Nunca debemos llamar «dirección de Dios» a algo que contradice lo que Él ya reveló en las Escrituras.
La voluntad divina tampoco se descubre solamente mediante emociones.
Las emociones son reales, pero cambian.
La Palabra permanece.
Por eso comenzar el día con Dios significa también abrir la Biblia y permitir que ella examine nuestras decisiones.
Tal vez la dirección que necesitamos no llegue como una respuesta espectacular.
Quizá aparezca como un principio bíblico que debemos obedecer.
Una actitud que debemos abandonar.
Una disculpa que debemos ofrecer.
Una conversación que debemos tener.
Una tentación de la cual debemos alejarnos.
Una responsabilidad que debemos cumplir.
O una puerta que debemos esperar pacientemente.
La misericordia de Dios no siempre nos muestra diez kilómetros del camino.
Muchas veces nos muestra el siguiente paso.
Y el siguiente paso obedecido prepara el corazón para comprender el que viene después.
5. ELEVAR EL ALMA A DIOS ES ENTREGARLE TODO EL DÍA
La última parte del versículo dice:
«Porque a ti he elevado mi alma».
Esta frase lleva la oración todavía más profundo.
David no está elevando solamente una petición.
Está elevando su alma.
En otras palabras:
«Señor, aquí estoy yo».
No solamente mis problemas.
No solamente mis necesidades.
No solamente mi lista de oración.
Yo.
Mi corazón.
Mis deseos.
Mis temores.
Mis planes.
Mis decisiones.
Mi futuro.
Elevar el alma hacia Dios significa dejar de vivir con las manos cerradas tratando de controlar todo y comenzar a vivir con las manos abiertas.
Eso exige entrega.
Muchas veces queremos dirección divina, pero sin rendir nuestra voluntad.
Queremos que Dios nos muestre su camino siempre que coincida con el nuestro.
Pero la verdadera oración dice:
«Muéstrame tu camino aunque tengas que cambiar mis planes».
Eso es mucho más profundo.
Cuando Cristo enseñó a sus discípulos a orar, incluyó las palabras:
«Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mateo 6:10).
La vida cristiana madura cuando dejamos de preguntarle solamente a Dios cómo puede ayudarnos a realizar nuestra voluntad y comenzamos a preguntarnos cómo podemos participar en la suya.
La misericordia de Dios hace posible esa entrega.
No estamos poniendo nuestra vida en manos de alguien indiferente.
La estamos poniendo en las manos del Padre que nos ama.
Por eso el nuevo día no necesita comenzar con miedo.
Puede comenzar con rendición.
«Señor, aquí están mis planes».
«Aquí está mi familia».
«Aquí está mi trabajo».
«Aquí está mi preocupación».
«Aquí está esa situación que no puedo controlar».
«Aquí está mi carácter».
«Aquí están mis debilidades».
«Aquí está mi día».
«A ti he elevado mi alma».
Cuando una persona aprende a comenzar así la mañana, algo empieza a cambiar.
Quizá las circunstancias no cambien inmediatamente.
Pero cambia la posición del corazón frente a ellas.
Ya no está llevando el día sola.
Está caminando conscientemente con Dios.
ILUSTRACIÓN: CUANDO LA LUZ REVELA EL CAMINO
Imagínese a una persona caminando de noche por un sendero desconocido.
Hay árboles a ambos lados.
El terreno es irregular.
Algunas piedras sobresalen.
En ciertos lugares parece que el camino desaparece.
La persona avanza lentamente porque no puede distinguir lo que tiene delante.
Entonces empieza a amanecer.
El camino no apareció esa mañana.
Ya estaba allí.
Pero ahora la luz permite verlo.
De pronto comienza a distinguir dónde colocar los pies.
También puede ver cuáles caminos parecían correctos durante la oscuridad pero en realidad terminaban en otro lugar.
Eso se parece mucho a nuestra experiencia espiritual.
En determinados momentos podemos sentir que no sabemos hacia dónde ir.
Los problemas son reales.
Las preguntas son reales.
La incertidumbre también.
Pero entonces llega la Palabra de Dios.
Llega la oración.
Llega la presencia de Cristo.
Y la misericordia de Dios comienza a iluminar lo que antes veíamos solamente como oscuridad.
No siempre recibimos un mapa completo.
Pero recibimos suficiente luz para el siguiente paso.
David no pidió:
«Muéstrame todo lo que sucederá durante los próximos años».
Pidió:
«Hazme saber el camino por donde ande».
Hay situaciones en las cuales quisiéramos que Dios nos revelara toda la historia.
Queremos saber qué sucederá.
Cuándo terminará el problema.
Cómo responderá aquella persona.
Cuándo llegará la solución.
Pero Dios con frecuencia nos invita simplemente a caminar con Él hoy.
El mañana también tendrá su porción de gracia.
Hoy necesitamos la gracia de hoy.
Hoy necesitamos la misericordia de Dios para este día.
APLICACIÓN PERSONAL: ¿CÓMO PUEDO VIVIR SALMO 143:8?
Salmo 143:8 no tiene por qué quedarse como un versículo bonito colocado en una imagen.
Puede convertirse en una oración diaria.
Cuando abra los ojos mañana, puedo detenerme unos minutos antes de permitir que todas las responsabilidades ocupen mi mente.
Puedo decir:
«Señor, hazme oír por la mañana tu misericordia».
Eso significa recordar conscientemente que mi relación con Dios está basada en su gracia.
Después puedo decir:
«Porque en ti he confiado».
Entonces puedo colocar delante de Él aquello que me preocupa.
No necesito fingir que no tengo miedo.
Puedo decir exactamente qué me inquieta y después añadir:
«Pero decido confiar en ti».
Luego puedo orar:
«Hazme saber el camino por donde ande».
Aquí debo estar dispuesto a abrir la Biblia y escuchar.
Quizá Dios tenga que corregir algo en mí.
Quizá haya una decisión que necesito reconsiderar.
Quizá deba esperar.
Quizá tenga que actuar.
Quizá tenga que perdonar.
Quizá tenga que pedir perdón.
Quizá simplemente necesito continuar siendo fiel.
Finalmente puedo decir:
«Porque a ti he elevado mi alma».
Y entregar el día.
Esa oración puede hacerse antes de mirar el teléfono.
Antes de revisar las noticias.
Antes de comenzar las actividades.
No porque el teléfono o las responsabilidades sean necesariamente malas, sino porque debemos decidir quién tendrá la primera palabra sobre nuestra vida.
¿La ansiedad?
¿Las redes sociales?
¿Los pendientes?
¿Los problemas?
¿O Dios?
La misericordia de Dios merece tener la primera palabra.
CUANDO EL DÍA COMIENZA DIFÍCIL
También habrá mañanas en las que no sentiremos entusiasmo espiritual.
Habrá días de cansancio.
Días de duelo.
Días de enfermedad.
Días de incertidumbre.
Días en los que cinco minutos de oración parecerán difíciles.
Salmo 143 es especialmente valioso precisamente porque fue escrito desde el dolor.
David no está esperando sentirse perfectamente bien para buscar a Dios.
Lo busca mientras su espíritu está angustiado.
Esto nos enseña que la comunión con Dios no depende de sentirnos fuertes.
Podemos acercarnos débiles.
No necesitamos fabricar emociones.
No necesitamos fingir alegría.
Podemos orar:
«Señor, hoy estoy cansado, pero aquí estoy».
«Hoy tengo miedo, pero aquí estoy».
«Hoy no entiendo lo que sucede, pero aquí estoy».
«Hoy necesito nuevamente la misericordia de Dios».
La fe verdadera no siempre grita.
A veces simplemente susurra:
«En ti he confiado».
Y eso es suficiente para dar el siguiente paso.
LLAMADO ESPIRITUAL
Quizá durante mucho tiempo has comenzado tus días corriendo.
Te levantas y enseguida comienza la lista de responsabilidades.
Antes de darte cuenta, han pasado horas y tu corazón ya está agotado.
Tal vez Dios te está invitando hoy a recuperar algo sencillo:
el encuentro con Él al comenzar el día.
No como una obligación fría.
No como una manera de ganar su favor.
No como una fórmula mágica.
Sino como una relación.
El Señor que te sostuvo durante la noche también quiere caminar contigo durante el día.
Quizá llegaste hasta estas palabras cargando algo que ocurrió ayer.
Escucha nuevamente:
Hay misericordia para hoy.
Quizá ayer lloraste.
Hay misericordia para hoy.
Quizá ayer fallaste y ya confesaste tu pecado.
Hay misericordia para hoy.
Quizá hoy tienes que tomar una decisión que te asusta.
Hay dirección para hoy.
Quizá no sabes cómo resolver todo.
No necesitas resolver todo esta mañana.
Necesitas saber con quién vas a caminar.
David decidió levantar su alma hacia Dios.
Tú también puedes hacerlo.
Antes de continuar con tu día, puedes decir:
«Señor, mi vida vuelve a estar en tus manos».
RETO DE FE: 7 MAÑANAS CON SALMO 143:8
Durante los próximos siete días, haz de Salmo 143:8 tu primera oración consciente de la mañana.
Antes de revisar el celular, dedica unos minutos a cuatro cosas:
1. Escucha su misericordia.
Lee lentamente Salmo 143:8 y recuerda que Dios te permite comenzar nuevamente bajo su gracia.
2. Declara tu confianza.
Dile específicamente qué preocupación decides colocar en sus manos.
3. Pide dirección.
Pregunta: «Señor, ¿cómo quieres que viva hoy?».
4. Entrega tu alma.
Pon delante de Dios tus planes, conversaciones, decisiones y responsabilidades.
No necesitas hacer una oración complicada.
Puedes comenzar diciendo:
«Señor, hazme oír por la mañana tu misericordia».
Hazlo durante siete mañanas.
No para comprobar si todos tus problemas desaparecen.
Hazlo para aprender a enfrentar esos problemas desde un lugar diferente: la presencia de Dios.
FRASE DESTACADA PARA IMAGEN
«Antes de escuchar las voces del mundo, deja que tu corazón escuche la misericordia de Dios.»
Otra frase central del sermón:
«Un nuevo día no significa que todo haya cambiado; significa que la misericordia de Dios sigue disponible.»
CONCLUSIÓN
Salmo 143:8 contiene en pocas palabras todo lo que un corazón necesita para comenzar un nuevo día.
«Hazme oír por la mañana tu misericordia».
Necesito gracia.
«Porque en ti he confiado».
Necesito fe.
«Hazme saber el camino por donde ande».
Necesito dirección.
«Porque a ti he elevado mi alma».
Necesito entrega.
Misericordia.
Confianza.
Dirección.
Entrega.
Cuatro verdades para comenzar cada mañana.
Mañana, cuando vuelvas a abrir los ojos, quizá tus problemas sigan allí.
Pero recuerda algo:
También estará Dios.
Y antes de permitir que tus preocupaciones te digan cómo será el día, escucha lo que dice su Palabra.
Su gracia sigue siendo suficiente.
Su fidelidad no terminó durante la noche.
Su amor no se agotó ayer.
Su sabiduría no tiene límites.
Su presencia continúa contigo.
Por eso puedes levantarte y decir:
«Este es un nuevo día en la misericordia de Dios».
No porque todo sea fácil.
No porque conozcas todo lo que ocurrirá.
Sino porque sabes quién caminará contigo.
ORACIÓN FINAL
Señor, gracias porque me has permitido comenzar un nuevo día. Antes de llenar mi mente con preocupaciones, pendientes y problemas, quiero escuchar tu voz.
Hazme oír por la mañana tu misericordia.
Recuérdame que mi esperanza no está en mi propia fuerza, sino en Cristo. Perdona mis pecados, limpia mi corazón y ayúdame a no permitir que los errores del pasado gobiernen el día que hoy colocas delante de mí.
Señor, en ti he confiado.
Hay situaciones que no comprendo, preguntas para las cuales todavía no tengo respuesta y caminos que no puedo ver con claridad. Pero decido descansar en tu carácter.
Hazme saber el camino por donde debo andar.
Que mis decisiones estén guiadas por tu Palabra y no solamente por mis emociones. Corrígeme cuando sea necesario. Detén mis pasos si voy en la dirección equivocada y dame valor para obedecer cuando me muestres el camino correcto.
Hoy elevo mi alma hacia ti.
Te entrego mi familia, mis preocupaciones, mi trabajo, mis proyectos, mis conversaciones, mis decisiones y todo aquello que no puedo controlar.
Permite que la misericordia de Dios sea la primera verdad que recuerde cada mañana y la última esperanza a la que me aferre cuando llegue la noche.
Camina conmigo durante este día y transforma mi vida para que pueda reflejar el carácter de Jesús.
En el nombre de Cristo.
Amén.
→ Sermón sobre Lamentaciones 3:22-23 – Misericordia nueva cada mañana

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